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Un alambrado me separa del campo de soja desde hace décadas, un desierto de hojas envenenadas que se renuevan y que muchas veces crucé en mi adolescencia para alcanzar el arroyo en busca de helechos y vestigios de comechingones que jamás hallé o para plantar algún mimbre.
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El agua ha inscripto su memoria genética en mi propia historia.
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Un rectángulo verde, un rectángulo pardo, un campo de batalla que conquistaban las víboras, liebres e iguanas cada vez que las sembradoras suspendían por una temporada sus mandobles en la tierra cansada.
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Durmiendo acometían otras escenas:
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¿Cuántos globos azulados
expondrá a los mediodías.
el arado implacable?
¿Cuántas palomas de fuego,
regresará a las tormentas
la cosechadora infame?
Porque los caballos blancos
vuelan bajo sobre el campo.
Porque los nueve astros rojos
se alinean al sudoeste.
Porque los caballos negros
cubren de luces la noche;
y el monte espera indolente
el relámpago de una luciérnaga.
..................................................12-9-1988
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Pero también descendían extrañas naves, florecían origamis, se acababa el mundo… con las sierras de fondo, el alambre de púas oxidadas en primer plano y una banda de sonido wagneriana.
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Cierta mañana mientras desayunaba, un curioso sonido sobrevoló la casa y apenas unos minutos más tarde, por la ventana pude ver un globo aerostático verde y blanco que se posaba tras la copa de algunos árboles, más allá del mar de soja.
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Puede que el territorio de los sueños a veces extienda su soberanía hasta el nuestro.
Puede que la mirada insista en recuperar aquellas imágenes que solo se contemplaron con los ojos cerrados.
Puede que la palabra sea el eje para conciliar la belleza extraviada del mundo onírico con la trivialidad cotidiana.
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