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En 1971, me convertí en un pingüino de cuadrillé naranja. No fui de los que lloraban por tener que abandonar a mi familia pues tenía muchas ganas de comenzar la escuela, mi mayor deseo era aprender a leer y a escribir, pero todavía faltaban dos años para que el milagro de los renglones me abrieran sus puertas al universo de la ficción y la realidad.
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Ordenando objetos y papeles, exhumé esta servilleta que acompañó mis meriendas en el jardín de infantes del viejo Colegio Nacional de Alta Gracia, aquel presidido por una casona de 1888, con zaguán, roble en el patio y el magnífico jacarandá de la vereda.
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Fue tocarla y recuperar una película escolar de 14 años en las que se alternaron escenas de corridas por el patio, viajes al zoológico, los grisines con queso, la suspensión de las clases cuando murió Perón, los angelitos negros, una suelta de globos con mensajes por las bodas de plata, las rayuelas pintadas de amarillo, el bananero, las fiestas de fin de año, los álbumes de figuritas, las galletitas Manón, el guardapolvo turquesa, las estampillas, las tardes de lluvia con olor a tierra y el estallido de granizos en las ventanas, las rifas de tortas los viernes a la salida de clases, el mundial 78, una ciudad imaginaria, dibujada en hojas tamaño Rivadavia, el blaizer y la corbata, los libros forrados con papel afiche y plástico transparente, las témperas, los papelitos de colores, las lecciones orales, los compañeros nuevos, la muerte de algunos, el fatal 2 de abril de 1982, los cuentos de Quiroga y Cortázar, el aula que se llamaba "Bienvenidos", el esqueleto Pancho, el escudo con las manos sosteniendo una antorcha frente al sol, los frascos con bichos que se guardaban en el "Bienvenidos", el regreso de la democracia, el sorteo del servicio militar, los mapas desflecados de la mapoteca, el buffet, los que se olvidaban el poema de memoria en el acto, las fotos de promoción, las insufribles clases de gimnasia, los machetes, los quinchos estudiantiles, el viaje a Bariloche, el baile de Egresados en el Sierras Hotel, el último antes de ser cerrado, y terminar en ruinas...
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En 1984, tras haber cumplido mi ciclo escolar por casi todas las aulas del Colegio Nacional, decidí estudiar arquitectura y al saberlo, mi primera maestra jardinera la Señorita Azucena me regaló el tablero de dibujo.
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Me recibí, el colegio cambió de edificio y nombre, renovó su cuerpo docente pero su antigua sede continuó albergando actividades educativas.
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Veinticinco años más tarde, he vuelto a cruzar el zaguán querido para comprobar que el roble ya no alfombra con sus hojas los contornos del mástil, que los espacios que protegían a niños felices jugando a ser mayores, ahora son ocupados por adolescentes malhumorados y aburridos, a los que, por esas cosas del argumento existencial, hoy me toca darles clase...
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-Buenas Tardes chicos, entre estas cuatro paredes, yo supe ser un pingüino de cuadrillé naranja...
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