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Desde aquellas lejanas tardes infantiles en las que, junto a mi amigo Marcos escarbábamos las pilas de escombros de los baldíos jugando a ser arquéologos, la felicidad por encontrar algún minúsculo fragmento de la memoria ajena en forma de astilla de vidrio o trocito de loza, se fue renovando en las librerías de viejo, en los estantes de los anticuarios, en los cajones de las chacaritas donde yacían condenados a la destrucción, los pequeños destellos del pasado..
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De pronto, no se de qué manera, me vi convertido en un coleccionista.
Una especie de guardián afectivo de las últimas señales de una época en la que todo parecía perdurable pero que sin embargo, también sucumbió al olvido.
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